lunes, 6 de agosto de 2012

Para la reflexión:

Cristo, el Hijo pródigo de todos los hijos pródigos

Cuatro lecturas (von Balthasar, 1974; Pupnik, 1997; Nouwen, 1998; Denis, 2001) de la parábola del hijo pródigo, una de las parábolas contadas por Jesús con mayor universalidad, arrojan, desde nuestro punto de vista, una dirección de la cristología trabajada por el cristólogo valenciano José Vidal Taléns (Actualidad de la cristología que sostuvo y alentó el Vaticano II, Salamanca, 2005), acerca de la cuestión que los humanismos  renacentistas y la Ilustración quisieron solucionar: la salvación humana de lo humano. Haciendo hincapié en el adjetivo “humana”.

Hemos hecho una lectura transversal de cada uno de los libros de estos autores sobre la parábola, que a continuación exponemos,  y concluiremos con las tesis de Vidal intentando mostrar la identificación de Jesús de Nazaret con todo lo humano vislumbrado en la parábola.
El Regreso del Hijo Pródigo. Murillo


Hans Urs von Balthasar.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)

[…] Ninguna religión, excepto la cristiana ha tenido el valor de hacer una afirmación de este tipo ante la situación de este mundo. A lo sumo Dios podría ser la paz más allá de las discordias morales, el “no ser” más allá de una existencia insoportable y absurda, el mundo de las ideas por encima de sus imágenes decadentes. A lo más podría inclinarse lleno de compasión y de gracia, sobre la criatura sufriente; pero ¿cómo puede responder de todos los dolores de ésta como creador? Hay dos cosas que no son suficientes: enseñar, incluso con ayuda del arte, a superar por sí solos el sufrimiento, porque queda un gran número de gente que no conoce estos caminos misteriosos y que no pueden recorrerlos y, por otra parte, pensar en el poder de Dios, a quien se le reconoce capaz de preservar a la criatura, que ha creado libre, de la culpa y de la condenación que le sigue, por una intervención de su gracia poderosa.

Tal Dios no habría osado o no habría sido capaz de tomar verdaderamente en serio la libertad dada a su criatura. El padre no responde con una negativa al hijo más joven, que le pide la parte de la herencia que le corresponde para marchar a un país lejano. Entonces, ¿tiene Dios alguna posibilidad de que no se le pierda el conjunto de su creación, aunque el ser creado libre se pierda? Solo queda una posibilidad muy misteriosa de la que podamos tener cierta precompresión humana, pero de la que solamente en la gratuidad de la fe se nos puede dar su último misterio: unirse en silencio a la propia criatura acompañándola en bondad en el  mismo camino de la propia perdición. En la parábola del hijo pródigo falta la figura de quien la cuenta, del mismo Jesús. El Padre no espera sin más que el hijo vuelva espontáneamente o movido por la necesidad, sino que envía su amor en la persona del Hijo, para que penetre en ese estado de perdición. Hace que su Hijo se identifique con el hermano perdido.

Haciéndose hermano de “los más pequeños” y de los más miserables Jesús demuestra, más con las obras que con las palabras, que Dios en cuanto omnipotencia es amor y que en cuanto amor es omnipotencia, y todo eso en sí mismo, es decir, en el misterio de la trinidad, el único que puede explicar la compleja oposición en el seno de Dios mismo, entre estar-junto-a Dios y ser abandonado por él.

Hans Urs von Balthasar, ¿Por qué soy todavía cristiano? Sígueme, Salamanca, 1974.

Marko I. Rupnik                                                                       

Un hombre tenía dos hijos.

Dos es el principio de la multitud, o sea de la humanidad. Y es también el principio de la diversificación. En la Biblia vemos constantemente el principio de la diversificación: dos hijos –Caín y Abel-, dos hermanos –Esaú y Jacob- (Denis), dos mujeres –Agar y Sara-. El esquema mental al que nos inducen estas parejas es a la bendición de uno y la maldición del otro. En la parábola en cambio, los dos hijos dicen algo más. Vemos una especie de diversificación inicial –uno se marcha de casa y el otro se queda (Nouwen), uno es libertino y el otro servil-, pero aquí el acento se pone en el hecho de que un hombre tenía dos hijos. La diversificación estará sobre todo en el camino en el que llegarán a la comprensión de que son hijos, es decir, al conocimiento del padre y a la conciencia de ser hermanos.

Encontrarse con el padre

La lejanía era la nueva morada que el hijo pródigo había escogido. Este lejos dice todo lo que queremos expresar cuando hablamos del pecado. Es un exilio que toca al hombre en el ser. Pero el Padre ve al hijo cuando éste todavía está lejos, porque el amor no conoce la lejanía. La mirada del amor penetra las profundidades de la noche, ve en el fondo del mar y en lo alto de los cielos. Es una mirada de las entrañas que tiemblan conmovidas por un amor semejante al que hace palpitar en el útero de una madre (Jr 31,20). El Padre baja a estas lejanías desde que baja al jardín y pregunta: “Adán, ¿dónde estás?” (Gn 3,9). Todas las páginas de la Biblia cuentan la carrera del padre detrás de los hijos. Sorprendente: ¿busca el hombre a Dios o es Dios quien busca al hombre? Esta parábola nos dice lo segundo (Balthasar). La mirada de misericordia divina atrae al hombre. El amor es esa respiración dada al hombre para hacerle vivir. No estamos aquí ante un hijo que se arma de valor y vuelve a casa y se echa al cuello de su padre, sino que es el padre el que envuelve al hijo con su paternidad (Balthasar). Es el amor lo que cambia a una persona, lo que modifica su mente, sus sentimientos, su voluntad y su misma identidad.

Marko I. Rupnik, Le abrazó y le besó, PPC, Madrid, 1997.
 
Henri M. Nouwen.

El hijo menor

Regresar es volver al hogar. Qué significa volver al hogar se entiende cuando sabemos qué es salir del hogar. Supone rechazar el hogar en el que el hijo nació y fue alimentado rompiendo la tradición cuidadosamente mantenida por la comunidad de la que él formaba parte. Lo más duro en el “abandono del hogar” no es tanto el abandono físico cuanto el “abandono espiritual” del hogar. Ahí nos encontramos muchos. 

Dejar el hogar, pues, es negar la realidad espiritual de que pertenezco a Dios. Dejar el hogar significa vivir como si no tuviera casa teniendo que ir de un lugar a otro tratando de encontrar una.

El hogar es el centro de mi ser, allí donde puedo oír la voz que me dice: “Tú eres mi hijo amado en quien me complazco” (Jesús, el Hijo pródigo del Padre). En cambio, cólera, resentimiento, celos, deseos de venganza, lujuria, codicia, antagonismos y rivalidades son señales que me indican que me he ido de casa. Todo eso me aleja más y más de la casa de mi padre y elijo vivir en un “país lejano”. Y un descubrimiento: soy amado en la medida que soy libre para abandonar el hogar (Balthasar). La bendición está allí desde el principio. La he rechazado y sigo rechazándola. Pero el Padre continua esperándome con los brazos abiertos, preparado para recibirme y susurrarme al oído: “Tú eres mi hijo amado en quien me complazco”. 

Regresar a casa es regresar a recibir el perdón. Uno de los grandes retos de la vida espiritual es recibir el perdón de Dios. Recibir el perdón implica voluntad de dejar a Dios ser Dios. Así pues, hay que regresar a Dios. Y el camino, según nos dice Jesús, es el regreso a la “infancia” espiritual. O dicho de otro modo, el camino de las Bienaventuranzas. El verdadero retrato de Jesús, el Hijo amado. El camino que recorrió Jesús. Tanto que podemos decir que el mismo Jesús se convirtió en hijo pródigo (Denis) para nuestra salvación. Abandonó la casa de su padre celestial, se marchó a un país lejano, dejó todo lo que tenía y volvió con su cruz a casa del Padre. Todo lo que hizo, no como hijo rebelde, sino como hijo obediente, sirvió para llevar de nuevo a la casa a todos los hijos perdidos de Dios. El mismo Jesús que contó la historia (Balthasar) a los que le criticaban por tratar con pecadores, vivió el largo y doloroso camino que describe. Considerar a Jesús como hijo pródigo me va descubriendo lo que significa decir que mi condición de hijo y la condición de hijo de Jesús son uno, que mi regreso y el regreso de Jesús son uno, que mi casa y la casa de Jesús son una. No hay otro camino hacia Dios que no sea el camino que Jesús recorrió. Aquel que contó la parábola del hijo pródigo es la Palabra de Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 1-14).

Henri M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones sobre un cuadro de Rembrandt, PPC, Madrid, 1998.

Henri Denis                                                                             

Un hombre tenía dos hijos…

A lo largo de la historia de la salvación es persistente el dúo de los dos hijos: Adán tiene dos hijos: Caín y Abel. El mayor es fratricida y el menor la víctima inocente, cuya sangre clama a Dios hasta que Jesús la mezcla con la suya para la salvación de la multitud. Es, pues, el segundo hijo el que cuenta con el favor del Creador.

Abraham también tiene dos hijos: uno de la esclava, Ismael; el otro de la mujer libre, Isaac. Será el segundo, tras la prueba del sacrificio, quien tendrá la bendición de Dios para realizar la promesa del pueblo multiplicado como las estrellas del cielo.

Dios igualmente hará su elección entre Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Esaú tendrá que ceder sus derechos de primogenitura al más joven, a Jacob.

Una tradición así puede traicionar el subconsciente y cuando Jesús comienza su relato con el hombre que tenía dos hijos, se saben ya hacia dónde van las preferencias del padre. El segundo hijo será pues: justo y obediente como Abel, liberado y liberador como Isaac, bendito e hijo del Bendito como Jacob.

Para ir mostrando su tesis, Denis nos llevará al momento de la presentación de Jesús en el Templo cuando el viejo Simeón dice a su madre que el niño será signo de contradicción para muchos. La sombra de un hermano primogénito (Israel) planea sobre el Templo. Ya con doce años Jesús vuelve al Templo. Se cumple una “escapada” del Hijo. Una “partida antes de la partida”: ¿No sabíais que debo estar en la casa del Padre? Una escena llena de simbolismo: tres días “perdido”. El tiempo de morir y resucitar. El tiempo para reedificar el Templo.

La partida o el éxodo del hijo

La encarnación es el éxodo del Hijo en Jesús-hombre. Para Juan el Hijo “ha salido de Dios para volver” a Dios. Lo repite varias veces: Jn 8,42-59; 13,3; 16,28. Esto nos dice que el Hijo pródigo no podrá realizar su misión ante los hombres si no es “saliendo” del lugar que le es propio. El ser de Jesús está hecho de esta tensión fundamental entre la “salida” y el “retorno”. Hay que esperar ciertamente que este éxodo radical y existencial de Jesús se manifieste en la vida concreta del Hijo pródigo. Pablo en 2 Cor 8,9 nos dirá: “Conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, que, por vosotros, siendo rico se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza”.  Hay en el Hijo un verdadero despojo, un abandono real, una verdadera renuncia que enriquece a toda la humanidad. Esta experiencia vivida por Jesús de esta dilapidación de sus bienes con los más pobres, con los más desamparados, es algo difícilmente justificable. Humanamente es una locura. Como quiera que se mire este éxodo divino hasta la pobreza humana más sórdida, que desemboca en el más ignominioso de los castigos, es apenas concebible.

La tentación permanente de Jesús

Denis nos invita a referir el desarrollo de las tres tentaciones de Jesús en el desierto a los destinos de los tres hijos “segundos” Abel, Isaac y Jacob. Será la posesión de bienes abundantes, en este caso pan; el gusto por lo maravilloso; la posesión del mundo. Jesús era realmente hombre y sintió la tracción de estas tentaciones mesiánicas. En el fondo se trata de tentaciones contra la pobreza radical. Terrible tentación porque va en contra de la consecución del designio inicial, la realización del Reino para el que Jesús ha sido enviado. Pero he aquí lo intolerable, he aquí el precio que habría que pagar y que sería la perversidad misma: los poderes mesiánicos encadenarían a los mismos que serían sus beneficiarios. Se diría, pues, que el alma de Jesús siente absoluta repugnancia por este tipo de comercio y esclavitud.
 
Jesús en la mesa con los pecadores

Pecadores, publicanos  y prostitutas se sentaron a la mesa con Jesús. No es que coman con él, sino que le comen a él, pues no ha venido por los sanos y los puros, sino por los pecadores. Actuando así al contrario que los fariseos.

¿Y el hermano mayor de la parábola?

El actual momento teológico nos permite considerar, afirma Denis, a Israel como el hermano mayor de la parábola. Es un dato a tener en cuenta para interpretar la parábola del hijo pródigo. Jesús en todo caso es el hijo segundo. Este hijo mayor no recibe de su Padre ninguna palabra de condena. El Padre sólo le transmite palabras de dulzura para hacerle comulgar en el acto de amor hacia su hermano menor.

Israel es siempre el primogénito siempre amado, el pueblo siempre elegido. En las palabras del Padre hay algo más: la afirmación de la comunidad de amor entre Israel y su Dios: “Todo lo que es mío es tuyo”. Son las palabras del diálogo entre el Padre y el Hijo (Jn 17).

El hermano mayor podría haber guardado silencio, desaparecer para hacer patente su descontento, pero no, sus palabras son fuertes y contundentes. Pero no. El primogénito toma la palabra para oprimir al Hijo pródigo de la manera más severa. Mientras que en la primera parte del relato la descripción del de la fuga del Hijo pródigo es relativamente sobria, aquí las palabras del hijo mayor son duras y pintan en detalle la desvergüenza del Hijo pródigo. Como quien no quiere la cosa se toca el tema de su vida moral, degradada en el libertinaje.

Los reproches del hermano mayor, evidentemente, van dirigidos también al Padre y le llegan muy hondo. Si se mira bien, éste traiciona el amor filial: perdona sin castigar, rehabilita al pecador, se burla de las exigencias morales más elementales, humilla la virtud fomentando el vicio, da a entender que la libertad no tiene fronteras y que “todo está permitido”. Todas estas ideas las tiene el primogénito en su corazón y no puede callárselas. Nos encontramos claramente en el conflicto entre la ley y la gracia. El conflicto de Jesús y el pueblo de Israel.

Henri Denis, Jesús el Hijo Pródigo del Padre, Paulinas, Madrid, 2001.   

                                                                                                                                                

La identificación de Jesús con el hijo pródigo, perdido y recuperado, nos hablan claramente de la implicación divina en la recuperación –salvación- de lo humano. Recogemos parte del pensamiento de Vidal Taléns en esta tesis ciertamente alentadora.

Si Jesús de Nazaret fuera un hombre ya merecería atención; pero ¿y si fuera el mismo Dios en persona que en la persona de su Hijo Jesús decía: “todo lo que hicisteis a uno a uno de estos…a mi me lo hicisteis” (Mt 25)? No conservarían estas palabras la fuerza revolucionaria que tienen, en todo tiempo y en toda cultura, si fueran simplemente las palabras de un hombre, ni aun siendo aquel que sostuviera la mayor representación de Dios o aquel en quien Dios se hubiera complacido sobremanera.

Las cristologías posteriores al Vaticano II han significado intentos laudables de hacer teología 1) en diálogo con la modernidad ilustrada, y 2) desde la historia de sufrimiento de la humanidad. Estas dos perspectivas en la bien intencionada Ilustración moderna del XVIII y XIX, pretenden ir al unísono. Pero desde que se pensó en una “ilustración de la Ilustración” en la Escuela de Frankfurt, o sea, desde la crítica a la dialéctica histórica en que había caído la primera Ilustración, ya no parece que vayan tan al unísono la razón moderna y la liberación del sufrimiento. Ambas, la razón y la liberación, permanecerán en tensión dialéctica irresoluble. En efecto, con la racionalidad moderna se busca la emancipación; pero, desencadenado este proceso, no se sabe dónde ni cómo acabar, y se reclama de nuevo la racionalidad, sin haber podido acceder a una síntesis aceptada por todos. Es decir, ¿cómo es posible que buscando la emancipación de la humanidad por medio de las “luces” del conocimiento y la acción humana, acabemos en nuevas esclavitudes o incluso en más de una barbarie?
El problema de la salvación humana no se plantea bien dentro de las coordenadas de pensamiento dictadas por la modernidad ilustrada. Hay que entrar en diálogo crítico, desde otras instancias de pensamiento de luz, para responder a los problemas heredados del mundo moderno. La cristología sigue pensando que la Encarnación del Hijo de Dios, el Hijo pródigo del Padre, es la máxima expresión del amor de Dios, verdadera redención de lo humano en cada ser humano y ello además en “carne viva”, que es como se desea, se ama, se sufre y se muere humanamente. Y esa redención de lo humano, dada la condición humana concreta que hemos asumido en nuestra historia de la libertad, no nos la podemos dar nosotros mismos. Hemos conquistado grandes cotas de emancipación desde el Humanismo y la Ilustración. Pero nos hemos visto enzarzados en nuevas esclavitudes y dominaciones. Sólo un verdadero Dios puede ser capaz de salvar humanamente lo humano.

Hay que poner el énfasis en el adverbio “humanamente”. Nosotros, humanamente, no parece que podamos escapar a la tendencia de endiosarnos, a traspasar el límite, a “salir de casa” cuando decidimos arreglarlo todo, recrearlo todo, mediarlo todo. Sólo un verdadero Dios ha podido por la Encarnación de su Hijo, Jesús de Nazaret, nacido de mujer, siendo Él quien era, elevar lo humano a la plenitud de su vocación, ese estar destinados a superarnos a nosotros mismos y nuestros límites. Pero esa elevación la cumple Dios en Jesús, precisamente desde su propia “carne”, es decir, desde su condición humana limitada y desde la angustia por su existencia amenazada por las esclavitudes y la muerte en sus mil máscaras. Bajo el imperio de poderes anónimos no controlados, el ser humano ha sufrido y ha sucumbido a la tentación “de demonizar” al que daba la cara por aquellos poderes, o de convertirse él mismo en demonio que exige su imperio. No ha habido forma humana de escapar a esta fatalidad, evocadora de lo demoníaco o lo infrahumano en el hombre: “la serpiente me sedujo”, los políticos están corruptos, el mercado manda… o “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, yo no soy responsable del hambre en el Tercer Mundo… Por eso la condición humana repetidamente roza lo trágico. No ha estado en manos del ser humano su propia redención. Entonces, ¿hay o no hay modo de recobrarnos humanamente de la pérdida de esta fe ilustrada en la “autorredención”? Esto es lo que está en juego en la cuestión del lenguaje de encarnación y preexistencia de Jesucristo.Es el trabajo de la meditación teológica, humana, creyente y cristiana, sobre la Encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazaret, el Cristo, precisamente para estos tiempos que corren. Hoy nos hallamos con un ser humano herido en su fe en su emancipación y progreso, herido en su fe en sí mismo y lo que puede dar de sí; herido en su fe en que se hará justicia, y en que todos, justos e injustos, la reconocerán, la acatarán y cargarán con las consecuencias. Sin una propuesta de la Encarnación del Hijo de Dios para redención de lo humano no sabemos cómo puedan cicatrizar dichas heridas desde dentro, o sea, humanamente. La Encarnación del Hijo de Dios, su “salida” del hogar trinitario para nuestra salvación lo convierten en el Hijo pródigo en busca de todos los hijos pródigos. Lo proclamamos ya en el credo de nuestra fe: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”, se hizo pródigo. Es señal de una mayor misericordia el hecho de que Dios nos concediera el perdón y nos manifestara todo su amor, no desde su omnipotencia absoluta, sino a través de la humanidad de Jesucristo, su Hijo; porque así estuvo restaurando el “ordo iustitiae”, un orden creacional que la humanidad había roto y, a lo largo de su historia, no había podido restituir por sí misma.
Dios ha querido redimirnos contando con nosotros, desde la humana criatura. Este es el signo de plenitud de sentido que se nos ha dado a los humanos en medio de una historia aún abierta a la libertad del hombre, pero en la que la libertad creadora y recreadora del Espíritu de Dios no deja de trabajar las posibilidades creaturales e históricas de cada tiempo humano. 

Jesucristo es, pues, Palabra definitiva e irrevocable de Dios, pero en diálogo aún abierto con los hombres y mujeres concretos de cada tiempo y cultura. De este Jesús decimos que es el hombre nuevo, renovado, el hombre perfecto con ausencia de pecado (Heb 4,15). Esta ausencia de pecado no le hace insolidario con los hombres sino todo lo contrario. Es esa ausencia de pecado la que puede fundar verdadera solidaridad humana. Si le falta el pecado a Jesús nada verdaderamente humano le falta. El pecado es la razón de que no hayamos podido vencer la insolidaridad humana. A los otros humanos es a quienes nos sobra el pecado que nos deshumaniza. En Jesús, Dios conoce humanamente a los pobres que confían en Dios, conoce a los “zaqueos”, conoce a las mujeres usadas y repudiadas, conoce a los niños menospreciados o explotados, conoce a los amigos que traicionan por miedo o por afán de poder, conoce el amor de los y las que le toman inmenso cariño, conoce los “caifás” y “pilatos” de todos los tiempos, conoce a todos los hijos menores y a todos los hermayores.

Necesitamos del lenguaje de la fe que habla de la Encarnación del Hijo de Dios. Porque si en la historia de Jesús no se percibe desde abajo, desde nuestra tierra, que es Dios en persona, en la persona de su Hijo Jesús, el que se revela y salva, no vemos cómo garantizar entonces la implicación personal del mismo Dios en la historia de pecado desencadenada por los humanos. 

Esta es la única forma de que podamos hablar ya, con fundamento, de verdadera salvación de lo humano y de esperanza futura, aun resistiendo en medio de la historia humana. No pensamos la salvación sólo para después de la historia humana, o dando la historia por perdida, o por mero engaño. Concebimos una salvación ya disponible en esta historia y abierta a su plenitud en la trascendencia divina.
Las comunidades cristianas primitivas comprendieron la cruz o la carne de Jesús (Jn 1,14; 1Jn 4,2; 1Cor 1,18) como el lugar desde el que se nos concedió el perdón y la posibilidad de una vida nueva; el lugar de la cruz y el de las víctimas inocentes, el de los últimos, con los que Dios, en la persona de su Hijo Jesús, se ha identificado. Este es el lugar a donde todas las religiones hemos sido emplazados. Al pie de la cruz y de los crucificados, hemos sido emplazados, místicos de todas las religiones y relativistas o nihilistas de la modernidad occidental.

Brindo, pues, este encuentro de la parábola del hijo pródigo con la reflexión cristológica de Pepe Vidal como una meditación cristiana para tiempos de crisis y sufrimiento.

Blas Silvestre.